¿Por qué ganó Benjamín Netanyahu la elección? 

IRVING GATELL PARA AGENCIA DE NOTICIAS ENLACE JUDÍO MÉXICO – Contra todos los pronósticos falaces levantados por una cobertura mediática plegada a la manía de siempre presentar a Israel y a Netanyahu como lo malo, como el problema, el resultado en las urnas fue el más lógico dada la situación en el terreno real: Netanyahu quedó confirmado como el líder indiscutible de Israel.

Israeli Prime Minister Netanyahu gestures to supporters at party headquarters in Tel Aviv

A muchas personas les debe resultar enigmático que, pese a todo lo que se dijo en las últimas semanas, Benjamín Netanyahu haya ganado con considerable holgura las elecciones parlamentarias que se celebraron este martes en Israel.

¿Qué fue lo que se dijo? En primera -y de manera muy insistente- que las encuestas no mostraban un panorama favorable para él, y que era más factible que el llamado Campo Sionista (coalición de los partidos Laborista y Hatnua) ganara más escaños, poniendo a Isaac Herzog como el más factible próximo Primer Ministro.

Ese mismo entorno mediático se encargo de repetir otras cosas que ya se venían diciendo: que Netanyahu había demolido la situación diplomática de Israel, que lo había llevado al peor nivel de conflicto con el aliado histórico -los Estados Unidos-, o que estaba teniendo reacciones histéricas y nerviosas ante su inminente derrota, tales como acusar un financiamiento externo a la campaña de la izquierda, o incluso el día de las votaciones, un acarreo masivo de árabes para abrumar a su partido, el Likud.

Y, sin embargo, ganó. Ya desde las primeras encuestas de salida que se publicaron, el resultado se antojaba sorprendente: dos marcaban un empate 27-27 (escaños en el Parlamento o Knesset) entre Likud y el Campo Sionista, y otra ponía a Likud arriba 28-27. Sorprendente digo, porque las últimas encuestas le daban al Campo Sionista una ventaja de 25-21 o 24-21.

Esas encuestas de salida no eran nada buenas para Herzog, Livni y compañía, porque más allá de que fuese un empate técnico, era evidente que en esa condición ellos eran los menos habilitados para integrar una coalición de 61 escaños, base para formar gobierno. Entonces, en un empate 27-27, o incuso en un panorama donde Likud estuviese abajo por dos o tres escaños, el que tenía las mejores probabilidades de integrar una coalición gobernante seguía siendo Netanyahu. Por eso, apenas con esos resultados preliminares las oficinas de Likud eran una fiesta, mientras que en el Campo Sionista había un ambiente fúnebre, con esporádicas declaraciones de Herzog diciendo que esto todavía no se acababa.

Y, efectivamente, faltaban varias cosas. Entre ellas, el conteo de votos militares.

El resultado, al final, fue peor de lo que los izquierdistas se podían imaginar: Likud tiene 30 escaños, el Campo Sionista 24, y no hay vuelta de hoja: Netanyahu se queda como Primer Ministro (con ello, va a convertirse en la persona que ha ocupado el cargo durante más tiempo, superando al mítico David ben Gurión).

¿Por qué? ¿Por qué el hombre que -se supone- ha aislado a Israel del resto del mundo, todavía tiene el evidente apoyo de la mayoría de los israelíes? ¿Por qué el hombre que siempre es presentado como el que no quiere la paz, el que no quiere un Estado Palestino, el que no quiere hacer concesiones, todavía puede darse el lujo de ganar elecciones?

Porque no es lo mismo conocer a Netanyahu por medio de la prensa internacional, que vivir la realidad en el campo de batalla. Es decir, en Israel. Así que vamos desmontando algunos mitos.

¿Realmente Netanyahu ha llevado a Israel a un punto de conflicto con los Estados Unidos?

No. Eso es falso. Apenas a inicios de este mes, quedó demostrado en un controvertido discurso pronunciado frente al Congreso, donde fue ovacionado como pocas personas lo han sido en ese espacio. Entonces, seamos precisos: Netanyahu ha llevado a un punto crítico las relaciones de Israel con Barack Obama y su administración, pero no con los Estados Unidos. Por el contrario: lo que evidenció ese discurso fue que más bien es Barack Obama el que además está en conflicto con un amplio espectro de gente en su propio país -políticos y ciudadanos-.

Y no es un misterio: desde hace casi 7 años, la política de Barack Obama ha sido abiertamente anti-israelí. Incluso, durante los dos meses de guerra contra Hamas, John Kerry recurrió a la insultante actitud de convertirse en un vocero de Hamas, exigiendo como condiciones para el alto al fuego justo las exigencias de un grupo terrorista, sin aceptar ninguna de las exigencias de Israel.

Ha sido la dinámica durante estos años: la administración Obama difícilmente ha pedido una negociación. Siempre ha exigido, como primera alternativa, la rendición de Israel. Afortunadamente, la conducta irracional y criminal de Hamas no sólo arruinó los planes de Kerry en aquella ocasión, sino que puso en el absoluto desprestigio a la administración Obama. El resultado es que hoy por hoy los tres países árabes que más están sufriendo las amenazas del Estado Islámico y de Irán, y que en otro tiempo fueron los mejores aliados de Estados Unidos en la zona, desconfían por completo de Obama y su gente y prefieren plegarse a lo que nunca nadie se imaginó: a Israel. Me refiero a Egipto, Jordania y Arabia Saudita.

Entonces, no se trata de ver nada más la parafernalia diplomática, sino todo el contexto geopolítico. Cierto: Netanyahu ha entrado en una confrontación directa con Obama y su administración (lo cual no significa que lo haya hecho con todo Estados Unidos), y eso ha aislado en gran medida a Israel. Pero en el campo de batalla, en el lugar donde la gente está a la expectativa de que se pueda ampliar la guerra contra el Estado Islámico o contra Irán, es Barack Obama quien ha perdido toda su capacidad de mediación. Ni siquiera se puede decir que se haya aislado: ha quedado fuera de la jugada. En contraparte, los países que más problemas pueden tener en esa situación -Arabia Saudita, Jordania y Egipto- están recurriendo cada vez más a Israel, conscientes de que Israel tiene un verdadero compromiso con la seguridad y con la lucha contra el terrorismo.

¿Qué hay respecto al aislamiento diplomático de Israel en Europa?

Aquí el caso es menos complejo que con los Estados Unidos. Países como Francia y España siempre han sido coherentes en su política anti-israelí. En contraparte, países como Alemania y la República Checa se han puesto del lado de Israel en muchos momentos críticos.

Pero, de cualquier modo, el aislamiento diplomático israelí en Europa no es culpa de Netanyahu. Es culpa de Europa. Siempre ha sido así, en gran medida porque el antisemitismo es una realidad cultural en toda Europa, y la situación se acentúa porque la diplomacia europea siempre quiso apostar a que una actitud moderada y complaciente con los árabes podría mantener las cosas en paz, aunque eso significara dedicarse a fastidiar a Israel. Era una lógica perversa: preferible sacrificar un país que entrar en conflicto con todo el mundo musulmán.

Los atentados en Paris, Bélgica y Dinamarca demostraron que, en realidad, fueron los europeos los que se equivocaron, y que las advertencias que siempre llegaron desde Israel -y desde personas como Netanyahu- eran correctas.

En resumen, apelar a que Israel se ha aislado diplomáticamente de Estados Unidos y de Europa es falaz. En el caso de Estados Unidos, el aislamiento sólo afecta la relación con la administración Obama, no con el resto de la estructura política norteamericana. Y hay que señalar que, en realidad, es Obama quien se ha aislado de la geopolítica en Medio Oriente. Y en el caso de Europa, no es un fenómeno reciente ni achacable a Netanyahu. Europa siempre ha mantenido una línea abiertamente anti-israelí (y da lo mismo que esté Likud o el Laborismo en el gobierno), que va de la mano con una complacencia literalmente suicida hacia los árabes. Los últimos atentados en Europa demostraron quién se ha venido equivocando.

¿Qué hay respecto a que Netanyahu ha dicho que no habrá un Estado Palestino?

Seamos honestos: eso no es ser cruel y malvado. Es, simplemente, ser realista. Los palestinos no están en condiciones de tener un Estado.

Si en este momento se declarase un Estado Palestino independiente, lo primero que habría sería una guerra civil entre Al Fatah y Hamas por el control y el poder. Y las guerras civiles palestinas no son, precisamente, amables. Ya se tuvo una probada de ello cuando Israel se retiró unilateralmente de Gaza, y el resultado inmediato fue que Hamas se dedicó a masacrar a los militantes de Al Fatah.

Hay algo más: Hamas no quiere un Estado Palestino en los términos que tanto pregona la izquierda israelí, porque eso implica -por definición- la aceptación de Israel como entidad jurídica. Hamas ha insistido hasta el cansancio que su lucha es por destruir a Israel. Por lo tanto, no va a aceptar ningún término razonable para la fundación de un Estado Palestino.

Netanyahu lo sabe. Entiende perfectamente que crear un Estado Palestino en este momento es cualquier cosa, menos el camino hacia la paz. Es exponer a Mahmoud Abbas y la Autoridad Palestina a una guerra civil que seguramente perderían, y que ya bajo el mando de Hamas ese Estado Palestino entraría en guerra abierta con Israel.

Lo que más me sorprende es tener que explicarlo. Me pasma el hecho de que los izquierdistas israelíes no se den cuenta de algo tan evidente.

Hay otra razón por la cual un Estado Palestino, en términos objetivos, es inviable: la propia Autoridad Palestina no lo quiere. Muchos se mueven en el mismo radicalismo de Hamas (no querer el Estado Palestino porque implicaría la aceptación del Estado Judío), pero hay algo peor: la corrupción en la Autoridad Palestina es endémica y grotesca, y la fundación del Estado Palestino sería un golpe terrible para sus bolsillos. ¿Por qué? Porque automáticamente cuatro millones de palestinos perderían el estatus de “refugiado” y, con ello, se perderían los apoyos de la ONU y otras organizaciones o países que todo el tiempo están soltando dinero para el “problema de los refugiados palestinos”.

Es un hecho que las autoridades palestinas nunca han hecho un uso correcto de esos fondos. Los palestinos han recibido mucho más dinero que los alemanes después de la II Guerra Mundial, pero todo se ha perdido en terrorismo y corrupción. La fundación del Estado Palestino significa cerrar la mina de oro, y muchos líderes palestinos no están dispuestos a ello.

El único pecado de Netanyahu es estar perfectamente consciente de ello. Su única culpa es no haberse tragado el cuento de que es indispensable la fundación del Estado Palestino para traer la paz a la región. Por el contrario: ese sería el primer paso para el verdadero desastre.

El tema se extiende al control israelí de ciertas áreas que, se supone, eventualmente serían parte de un Estado Palestino (la llamada Zona C). Este es el peor momento para una retirada israelí, porque lo más seguro es que el vacío de poder no lo llene la Autoridad Palestina, sino los grupos extremistas.

Esa es la realidad cotidiana para los israelíes. La mayoría de ellos no se van a tragar el cuento de que el proceso de paz sólo puede echarse a andar si se aceptan las exigencias palestinas, si Israel se repliega de los “territorios palestinos”, y se acepta de inmediato la fundación del Estado Palestino.

Lo saben muchos israelíes -una abrumadora mayoría que el martes le dio una victoria holgada a Netanyahu-, lo saben los saudíes, lo saben los jordanos y lo saben los egipcios.

Todos ellos son personas o países que entienden que todo el escándalo que Netanyahu ha hecho en relación a Irán está perfectamente justificado, porque mientras la administración Obama ha insistido en que hay que negociar con Irán, la realidad es que Irán ha seguido adelante con su programa nuclear bélico, y ha mantenido sus amenazas de que va a destruir a Israel y también -fíjese usted no más- a los Estados Unidos.

Es irracional negociar con alguien que por una parte no quiere ceder nada, y por la otra te sigue amenazando.

Ah, pero no: el malo es Netanyahu.

Bueno, para un amplio sector del electorado no lo fue. Y, contra todos los pronósticos falaces levantados por una cobertura mediática plegada a la manía de siempre presentar a Israel y a Netanyahu como lo malo, como el problema, el resultado en las urnas fue -en realidad- el más lógico dada la situación en el terreno real: Netanyahu quedó confirmado como el líder indiscutible de Israel.

¿Que hay muchos israelíes que no están contentos con este resultado?

Bueno. Tampoco es noticia. Siéntense a leer los libros de Reyes y Crónicas y van a corroborar que eso prácticamente califica como una tradición ancestral del pueblo judío.

En realidad, mientras el hijo de Netanyahu no dé un golpe de estado y luego huya en burro y su larga melena lo atore en un árbol, y allí lo maten los generales de Tzahal, podemos decir que hemos mejorado bastante desde entonces hasta la fecha.